Este ensayo se propone identificar ciertas lógicas y racionalidades compartidas que hacen posible la producción de vidas consideradas sacrificables: procesos de deshumanización o animalización, construcción de cuerpos impuros o amenazantes, y formas de administración de la vida y la muerte propias de la modernidad. El análisis no busca comparar experiencias de sufrimiento heterogéneas ni establecer equivalencias entre formas históricas de violencia, sino examinar la matriz estructural que las hace posibles.
Sobre el concepto de genocidio
Para comprender por qué ciertos discursos y prácticas hacia determinados grupos animales pueden analizarse desde marcos conceptuales asociados al genocidio, es necesario comenzar por una de las definiciones contemporáneas más influyentes: la de Adam Jones. En su obra Genocide (2011), el autor define el genocidio como la destrucción física o biológica de un grupo humano, llevada a cabo de manera intencional, sistemática y sostenida, por parte de un grupo dominante que posee poder estructural y recursos para hacerlo. Jones subraya tres elementos esenciales: la intencionalidad, la estructuralidad y la destrucción del grupo como tal.
Aunque esta definición se aplica jurídicamente a grupos de humanas, su estructura analítica permite reflexionar sobre cómo se construyen y reproducen ciertos discursos que configuran determinados cuerpos como enemigos, amenazas u obstáculos, legitimando prácticas de exclusión, control o eliminación. El concepto se utiliza aquí como herramienta analítica para examinar lógicas estructurales de clasificación y eliminación producidas por sistemas de poder.
Jones (2011) señala que la literatura sobre genocidio ha generado una constelación de términos derivados del concepto original formulado por Raphael Lemkin. Frank Chalk y Kurt Jonassohn (1990) muestran cómo el concepto se ha diversificado en categorías como el etnocidio —la destrucción de la cultura de un grupo sin necesidad de eliminar físicamente a sus miembros— o el ecocidio —la destrucción deliberada del entorno natural mediante contaminación, degradación ambiental o acciones militares—, entre una larga lista de términos derivados (clasicidio, eliticidio, feminicidio, fratricidio, gendercidio, judeocidio, linguicidio, memoricidio, omnicidio, politicidio, pobricidio y urbicidio). A pesar de su complejidad epistemológica, todos permiten observar una misma base estructural: la producción de discursos normalizados que construyen determinados cuerpos como amenazas, legitimando distintas formas de violencia sistemática.
Según Vahakn Dadrian (1975), el genocidio constituye «el intento exitoso por parte de un grupo dominante, dotado de autoridad formal y/o con acceso predominante a los recursos generales del poder, de reducir mediante coerción o violencia letal el número de un grupo minoritario«. Como señala Zygmunt Bauman en Modernidad y Holocausto (1989), el Holocausto no fue un accidente histórico aislado, sino una posibilidad inherente a la racionalidad moderna: una racionalidad organizada en torno a la clasificación, la burocracia y la «limpieza» del orden social. Esta racionalidad no opera únicamente sobre cuerpos humanos, también podemos observarla en discursos institucionales sobre otras animales. No se trata de comparar opresiones o contextos, sino de identificar una matriz de clasificación y administración de la vida que produce cuerpos eliminables.
Las demás animales bajo la lógica de los cuerpos eliminables
Los discursos institucionales contemporáneos dirigidos hacia determinadas poblaciones animales operan dentro de esa racionalidad moderna descrita por Bauman en relación con colectivos humanos. El Gobierno de Canarias presenta a las colonias felinas como «una amenaza para la biodiversidad», mientras que numerosos ayuntamientos construyen a las palomas urbanas como cuerpos asociados a suciedad, enfermedad o desorden. Como señala Bauman (1989), la modernidad transformó «la cuestión judía» en un problema de higiene política y orden social: los términos «limpieza» y «ordenamiento» no son neutrales, pueden funcionar como tecnologías discursivas que legitiman la exclusión y eliminación de cuerpos considerados fuera de lugar. Bajo la misma lógica, ciertas poblaciones animales son construidas como amenazas ecológicas, sanitarias o urbanas.

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Estas narrativas de contaminación y amenaza conectan directamente con las reflexiones de Mary Douglas (1966), quien sostenía que «la suciedad es materia fuera de lugar» (p. 44): aquello que no encaja dentro de las categorías sociales establecidas tiende a percibirse como peligroso o contaminante. Un ejemplo paradigmático de esta construcción simbólica es la expresión «ratas con alas», popularizada por Thomas Hoving en 1966, entonces Comisionado de Parques de Nueva York, quien describía a las palomas urbanas como portadoras de enfermedad e impureza. La metáfora no establece una simple comparación, sino que activa una carga simbólica ya asociada históricamente a cuerpos considerados peligrosos e invasivos, insertando a las palomas dentro de esa misma matriz de eliminabilidad. Como advierte Bauman (1989), «es un error suponer que civilización y salvaje crueldad son antitéticas» (p. 30). La modernidad no elimina la violencia, la reorganiza y administra mediante tecnologías de clasificación, control y exclusión.
Otras miradas desde las ciencias sociales
Comprender cómo operan estas lógicas sobre las demás animales exige también revisar el lugar que las ciencias sociales les han asignado. Como señala Barbara Noske (1993), la antropología ha estudiado tradicionalmente las relaciones entre humanas y animales desde una perspectiva antropocéntrica, donde las animales aparecen como objetos pasivos sobre los que se actúa, se piensa y se siente, y no como sujetos. Esta posición no es inocente, como muestra Surama Lázaro Terol (2025), «la producción de distancias y aproximaciones entre lo animal y lo humano viene a legitimar qué cuerpos son dispuestos para morir o para vivir y en qué condiciones» (p. 14). La distancia ontológica respecto de las demás animales más que aportar un dato natural produce límites que resultan en prácticas que legítiman qué cuerpos y cómo pueden ser gestionados, utilizados o eliminados.
En esta línea, la filósofa Val Plumwood (1993) reflexionó sobre lo que denominó «la perspectiva del dominio»: el punto de vista de un yo «civilizado» atravesado por el sexismo, el racismo y el deseo de dominación de la naturaleza, que implica «ver al otro como radicalmente separado e inferior, el trasfondo del yo como primer plano, como alguien cuya existencia es secundaria, derivada o periférica a la del yo o centro, y cuyo albedrío es negado o minimizado» (p. 9). Este binarismo occidental no separa únicamente a humanas de animales, sino que articula múltiples formas de dominación sobre cuerpos considerados otros.
Chris Philo y Chris Wilbert (2000) describen el surgimiento de una «nueva geografía animal» que analiza cómo las demás animales son definidas socialmente en distintos contextos históricos y culturales: como alimento, mascotas, plagas o seres sintientes, en función de relaciones de utilidad, afecto o rechazo. Estas clasificaciones no son neutras: sitúan a las animales en posiciones sociales que varían según pueblos, épocas y contextos, determinando tanto su presencia en los espacios de las humanas como su existencia en el plano de las imaginaciones culturales. Las animales que no resultan útiles dentro de determinados sistemas de explotación o gestión tienden a ser construidas socialmente como amenazas, reforzando su condición de alteridad y su disponibilidad para ser eliminadas. En palabras de Laura Fernández (2018), «los cuerpos, las vidas y los mundos de los no humanos también forman parte del pluriverso». Reconocerlo exige revisar las categorías con las que las ciencias sociales han organizado (y siguen organizando) qué vidas cuentan y cuáles no.
Nombrar para producir cuerpos (eliminables o protegidos): el caso de las colonias felinas
El lenguaje no describe realidades preexistentes, las produce. Nombrar algo como «víctima», «perseguido» o «crimen de Estado» no es un acto neutro, del mismo modo que nombrar algo como «plaga», «especie invasora» o «control poblacional» tampoco lo es. Estas categorías no reflejan diferencias ontológicas entre cuerpos, sino operaciones de poder que tienen efectos materiales al determinar qué vidas son consideradas dignas de protección y cuáles pueden ser eliminadas sin cuestionamiento moral.
Como señalaron Philo y Wilbert (2000), las demás animales no solo existen en espacios físicos sino también en espacios simbólicos y culturales, y su clasificación como alimento, mascota, plaga o amenaza no es neutral sino constitutiva de las prácticas que se ejercen sobre sus vidas. Retomando a Douglas (1966), aquello que no encaja en las categorías establecidas tiende a percibirse como contaminante o peligroso. De este modo las animales situadas en los márgenes de lo urbano y lo salvaje, de lo útil y lo indeseable, tienden a convertirse en figuras de alteridad cuya eliminación aparece como solución técnica y racional.
Las colonias felinas son un ejemplo de cómo opera esta lógica. Al hacerse presentes en ciertos órdenes urbanos antropocéntricos los cuerpos felinos son percibidos como «fuera de lugar». Desde una perspectiva foucaultiana, la gestion contemporánea de colonias felinas puede ser enendida como una forma de biopolítica interespecie. Las tecnologías de gestión incluyen censos, bases de datos, esterilización, regulación territorial, vigilancia administrativa, así como captura y confinamiento. En conjunto, estos dispositivos permiten una intervención directa sobre la vida de las gatas, a partir de la cual las políticas públicas pueden delimitar en qué espacios pueden existir estas colonias y cuándo son consideradas “especie invasora”.

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El borrador de la Ley de Biodiversidad de Canarias (Gobierno de Canarias, 2026) ilustra con claridad cómo esta lógica funciona en el presente. El texto introduce mecanismos de control, vigilancia y erradicación sobre especies consideradas exóticas o invasoras: el artículo 21 crea la Base de Datos EXOS, destinada a detectar especies invasoras, evaluar su expansión y diseñar planes de erradicación. La reiteración de términos como «invasión» y «erradicación» no es accidental, sirve para construir discursiva y materialmente determinados cuerpos animales como amenazas ecológicas cuya eliminación queda técnica y legalmente legitimada. El borrador contempla además como infracción grave la promoción o mantenimiento de colonias de gatas en espacios naturales protegidos, así como la instalación de puntos de alimentación en zonas con presencia de especies nativas amenazadas, lo cual restringe significativamente las prácticas de cuidado comunitario asociadas al método CER (captura, esterilización y retorno). Según el informe de AVATMA (2016), las gatas son una especie altamente territorial para la que cualquier cambio en su entorno constituye una fuente importante de estrés, dato que estas políticas sistemáticamente ignoran al no considerar los intereses ni la integridad física y psíquica de las propias animales.
Estas medidas abren la posibilidad de prácticas de exclusión que incluyen la prohibición de alimentación, el desmantelamiento de colonias y la criminalización de las personas cuidadoras. Como señala Bauman citando a Taguieff, la moderna forma de racismo biológico-científico no difiere «por naturaleza, funcionamiento y función de los discursos tradicionales de exclusión descalificadora» (1989, p. 88): los argumentos «conservacionistas» o «biológicos» contemporáneos reproducen continuidades con formas históricas de construcción de la alteridad y legitimación de la exclusión. Esta hostilidad institucional no recae únicamente sobre las animales: afecta también a las personas cuidadoras, mayoritariamente mujeres, que sostienen el trabajo comunitario de alimentación y atención veterinaria, y que con frecuencia enfrentan agresiones verbales, amenazas, denuncias infundadas y estigmatización social, lo que añade una dimensión de género a la dimensión especista de estas políticas.
A modo de conclusión
Aunque el concepto de genocidio no puede aplicarse en términos jurídicos a las demás animales, su estructura analítica permite identificar lógicas estructurales compartidas: la producción discursiva de cuerpos amenazantes, su clasificación como eliminables o prescindibles, y la administración de su vida y su muerte. Este ensayo ha propuesto que estas lógicas no operan por analogía con las que han recaído sobre grupos humanos históricamente perseguidos, sino que emergen de una lógica de clasificación y control que produce cuerpos como sacrificables, sean o no humanos.
Reconocer esto exige revisar no solo las políticas públicas y los discursos institucionales que legitiman estas prácticas, sino también las categorías con las que las propias ciencias sociales pueden reproducirlas en relación con las demás animales.
Bibliografía
Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia y del Maltrato Animal (AVATMA). (2016). Informe sobre traslado de colonias felinas. AVATMA.
Bauman, Z. (1989). Modernity and the Holocaust. Polity Press.
Chalk, F., & Jonassohn, K. (1990). The history and sociology of genocide: Analyses and case studies. Yale University Press.
Dadrian, V. N. (1975). A typology of genocide. International Review of Modern Sociology, 5(2), 201–212.
Douglas, M. (1966). Purity and danger: An analysis of concepts of pollution and taboo. Routledge.
Fernández, L. (2018). Hacia mundos más animales. Ochodoscuatro Ediciones.
Gobierno de Canarias. (2026). Borrador de la Ley de Biodiversidad de Canarias. Documento no publicado.
Jones, A. (2011). Genocide: A comprehensive introduction (2.ª ed.). Routledge.
Lázaro Terol, S. R. (2025). En el enredo de la animalidad: Una etnografía multilocalizada sobre la producción de lo animal y lo humano [Tesis doctoral, Universidad Nacional de Educación a Distancia].
Noske, B. (1993). Great apes as anthropological subjects: Deconstructing anthropocentrism. En P. Cavalieri & P. Singer (Eds.), The great ape project (pp. 39–50). St. Martin’s Press.
Philo, C., & Wilbert, C. (Eds.). (2000). Animal spaces, beastly places: New geographies of human-animal relations. Routledge.
Plumwood, V. (1993). Feminism and the mastery of nature. Routledge.