La revisión por pares es un mecanismo mediante el cual la academia decide qué conocimiento merece ser publicado. Dos o más personas expertas en un área evalúan de forma anónima distintos aspectos de un texto, y sus dictámenes orientan la decisión editorial. Con el propósito declarado de garantizar calidad e imparcialidad, en la práctica puede funcionar también como filtro de lo que se considera pensamiento legítimo.

Recientemente recibí el resultado de una de esas revisiones. Uno de los dictámenes recomendaba la publicación con una valoración alta en todos los apartados. El otro presentaba numerosos comentarios a lo largo del texto que evidenciaban la falta de atención —o de intención— para comprender lo que el manuscrito proponía. Por ejemplo, se señalaba que mi análisis se basaba «en una sola entrevista», ignorando mi explicación —con ampliación en nota al pie— de que el texto presentaba tan solo tres escenas de una investigación de tres años, desarrollada en distintas localizaciones a través de entrevistas presenciales y en línea, convivencia y observación participante. Es decir, una crítica central del dictamen se sostenía en una lectura incompleta del manuscrito.

Pero la crítica que hace pertinente traer este caso al blog de Antropología de la Vida Animal es la que describía a los estudios críticos animales (en adelante ECA) como «una serie de ejercicios corrientes en esta época» cuya «gran falencia es no hacer trabajos de campo serios», sino «partir de una idea que se pretende sostener». El tono despectivo y simplificador hacia todo un campo de estudios —que involucra disciplinas, personas y trabajos muy diversos— revelaba una visión monolítica que no se limitaba a los ECA. Ese rechazo manifiesto anticipaba lo que los comentarios al manuscrito confirmarían: la evaluación se había hecho desde los mismos supuestos que el texto proponía cuestionar.

La revista finalmente publicó el artículo. Pero supuso una inversión considerable de tiempo y esfuerzo para aclarar a les editores aspectos que, en su mayoría, ya estaban explicados en el propio texto. En cualquier caso, lo relevante no es mi experiencia personal: el tipo de comentarios y confrontaciones recibidos no son novedosos para mí ni son una excepción para quienes nos situamos en los ECA. La mayoría hemos pasado por revisiones, comités y otras instancias que trasladan la confrontación ético-política al plano metodológico. Así, puede suceder —y de hecho sucede— que la exigencia de rigor vaya acompañada de una orientación hacia perspectivas «menos radicales», «que se mantengan al margen de lo político», o que señale como problemática la implicación con el tema investigado. También recibimos comentarios que infantilizan o menosprecian nuestros puntos de vista, rozando, cuando no entrando abiertamente en, la burla o el insulto. Antes de continuar, conviene recordar que las dificultades que experimentamos quienes cuestionamos el especismo —en espacios académicos o en otros— son apenas un destello fugaz de lo que millones de animales explotados, subyugados y exterminados atraviesan de forma sistemática.

La teoría y la investigación no son apolíticas (y eso no implica necesariamente falta de rigor)

Desde las décadas de 1980 y 1990 se viene señalando que todo conocimiento es situado (Haraway, 1988) y que, por tanto, no puede escindirse del contexto en que se produce ni de quien o quienes lo producen. Sandra Harding (1986) acuñó el concepto de objetividad fuerte para argumentar que el rigor no exige fingir que no se tiene una posición, sino reflexionar críticamente sobre ella. En la misma línea, Patricia Hill Collins (1990) mostró, desde la experiencia de las mujeres negras, que el conocimiento situado no debilita el análisis sino que lo enriquece; y Lorraine Code (1991) argumentó que «quién conoce» importa epistemológicamente, y la pretensión de un conocimiento desencarnado es una ilusión masculina y colonial. Desde la filosofía de la ciencia, Helen Longino (1990) señaló que la objetividad es una propiedad de las comunidades y los procesos de investigación, no de individuos neutros, y que los valores estructuran inevitablemente la práctica científica. Walter Mignolo (2000), desde su concepto de gnosis fronteriza, ha subrayado que el conocimiento siempre se produce desde una localización geopolítica y corporal concreta, y que la pretensión de universalidad del pensamiento occidental moderno es en sí misma una operación de poder.

National Library of Medicine (unsplash)

National Library of Medicine (unsplash)

Por tanto, nuestras realidades están atravesadas por condiciones sociohistóricas que, sin ser inmutables ni determinantes, moldean cómo percibimos y hacemos el mundo. Desde distintas condiciones de (im)posibilidad, vamos ocupando posiciones, accedemos a distintos grados de poder o privilegio, o nos situamos en los márgenes. En el ámbito académico y fuera de él, quien se percibe como neutral estaría, más bien, asumiendo el posicionamiento dominante: aquel que, por estar normalizado y legitimado, pasa desapercibido. Y cuando se trata de animales, la norma establece que unos son comida, otros son «mascotas», otros se usan en laboratorios, otros como medio de transporte, otros como símbolos sacrificables. Y así un largo etcétera de prácticas e instituciones que establecen, reproducen y mantienen lo que Calarco (2013) denomina la forma de vida antropocéntrica.

Dicho de otro modo, el orden especista «re/produce la superioridad de lo humano [y] al ensamblar cuerpos, gestos, espacios y discursos con el privilegio de lo ‘propiamente humano’, torna ilegible la dominación experimentada por los vivientes animalizados» (González & Ávila Gaitán, 2022, p. 50). Por estar internalizado, identificar el especismo y construir otras comprensiones de lo que significa ser animal o humano —así como establecer otras relaciones y prácticas— es un proceso complejo. El especismo, además, ha de entenderse en su articulación con otros órdenes: racista, sexista, capacitista, colonial. Por eso, desde los ECA, adoptamos un enfoque que procura comprender las opresiones de forma conectada, hacemos explícitos los compromisos ético-políticos en la investigación y en los textos derivados de ella, y cuestionamos el lugar de inferiorización, subordinación, usabilidad o matabilidad que ocupan —o se supone que deben ocupar— los animales no humanos o la animalidad misma.

Esto, en el ámbito académico, conduce a situaciones similares a las que encontramos en otros ámbitos de la vida cotidiana: se nos señala la politización, se nos acusa de moralizar o de ser radicales por asumir enfoques que buscan entender y cuestionar el modo en que los animales son percibidos y tratados. Sin embargo, a quienes investigan el consumo de carne, la caza, la ganadería, la tauromaquia u otras prácticas innegablemente violentas contra los animales, es infrecuente —por no decir inexistente— que se les oriente hacia miradas críticas con esos contextos para «equilibrar». El especismo es sistémico. Al haber asumido y estar participando, en mayor o menor medida, de violencias normalizadas, estas no solo quedan incuestionadas, sino que se presentan como incuestionables o necesarias. Pero no lo son.

Autoría: Esteve Robleda i Sastre.Publicidad especista y cotidiana: un pollo sonríe, hace el signo de la victoria y anuncia el precio de pollos matados y troceados. La antropomorfización lo convierte en alegre consentidor de su propia explotación, invisibilizando la violencia —y legitimándola.

Autoría: Esteve Robleda i Sastre.Publicidad especista y cotidiana: un pollo sonríe, hace el signo de la victoria y anuncia el precio de pollos matados y troceados. La antropomorfización lo convierte en alegre consentidor de su propia explotación, invisibilizando la violencia —y legitimándola.

Breve revisión sobre sesgos en la evaluación

La revisión por pares se presenta como garante de la calidad académica. Sin embargo, distintas investigaciones vienen documentando que opera también como un eficaz mecanismo de reproducción de la norma epistémica dominante. Lee et al. (2013), en una revisión ampliamente citada sobre el sesgo en la evaluación académica, analizan las formas documentadas de sesgo en la revisión por pares: de confirmación, de prestigio institucional, de género, ideológico. Discuten además el concepto mismo de «sesgo» como relativo a un ideal que, una vez explicitado, revela sus propias implicaciones normativas. Más recientemente, Zhou et al. (2025) han analizado más de 20.000 títulos y resúmenes en 12 temas que consideran controvertidos —entre ellos la libertad de expresión, el control de armas, la formación en diversidad, equidad e inclusión (DEI) o la brecha salarial de género—. Encontraron un ligero sesgo liberal en temas de equidad y justicia social. Aunque el estudio concluye que el sesgo político no es el factor predominante, sus propias limitaciones apuntan a factores no medidos como la autocensura de las autorías y el gatekeeping (control de acceso) editorial —mecanismos que afectan especialmente a perspectivas como los ECA.

En lo que concierne al sexismo en la revisión por pares, cabe mencionar un conocido caso. En 2015, las investigadoras Fiona Ingleby y Megan Head enviaron a PLOS ONE un artículo sobre desigualdades de género en las trayectorias académicas de personas con doctorado en biología. El dictamen que recibieron sugería incorporar coautores varones para garantizar que los datos fueran interpretados correctamente, y atribuía las diferencias de publicación entre hombres y mujeres a factores como la «salud marginalmente mejor» de los primeros o su supuesta mayor resistencia física. La revista reconoció públicamente que lamentaba «el tono, el espíritu y el contenido» de esa revisión. El caso se hizo viral en redes sociales y constituye un ejemplo claro de cómo los sesgos de género pueden operar de forma explícita y sin consecuencias institucionales inmediatas para quien los ejerce. La investigadora Ingleby señaló que, más allá del carácter extremo del caso, si eso es lo que una persona revisora piensa, eso afecta igualmente la calidad de su evaluación aunque no lo escriba (Else, 2015).

Ncube (2025) ha analizado específicamente cómo en las ciencias sociales y humanidades esta dinámica produce lo que denomina violencia epistémica: la exclusión sistemática de formas de conocimiento que no responden al paradigma positivista occidental. Caretta (2025), por su parte, presenta un relato en primera persona de una investigadora feminista que debió simular neutralidad ante guardianes institucionales para acceder a su campo de investigación —en conflicto directo con su ética feminista—. El texto expone la presión que enfrentan quienes hacen investigación comprometida: ser percibidas como personas neutras para ser aceptadas, a costa de traicionar los fundamentos de su propio trabajo.

Los estudios de Krebs et al. (2023) documentan el denominado sesgo de método con animal (animal methods bias): personas revisoras solicitan datos obtenidos mediante experimentación animal incluso cuando no son necesarios, y rechazan o condicionan estudios que usan enfoques sin animales. De los 90 investigadores e investigadoras que participaron de la encuesta, 31 indicaron haber recibido esta solicitud; 21 admitieron haber realizado experimentos con animales exclusivamente para anticiparse a demandas de revisión. Este sesgo patentiza cómo uno de los mecanismos más firmemente institucionalizados del orden especista opera directamente en la producción de conocimiento científico: la asunción de que los cuerpos animales están disponibles para uso humano no se presenta como posición ético-moral, sino como requisito metodológico.

Vanessa Selak, Rod Jackson y Matire Harwood publicaron en septiembre de 2020 un texto de opinión en E-Tangata —plataforma de periodismo māori y pasifika de Aotearoa/Nueva Zelanda— en el que documentan el racismo en el proceso editorial de la New Zealand Medical Journal (NZMJ). El texto surgió de su propia experiencia al enviar un artículo sobre desigualdades cardiovasculares entre población māori y europeo-neozelandesa. Las autorías identificaron un patrón de racismo epistémico concreto en las revisiones recibidas: los comentarios cuestionaban la pertinencia de la indigeneidad como categoría de análisis, proponían sustituir «efectos de la colonización» por «efectos del desarrollo de Nueva Zelanda», describían el racismo institucional como «una opinión, no un hecho», y atribuían las diferencias en salud a «elecciones personales» como el tabaquismo. Se obviaban así décadas de literatura producida, en su mayoría, por personas indígenas y negras sobre cómo la salud se configura en relación con factores estructurales.

Las autorías señalaron cinco mecanismos racistas en el proceso de revisión: la asignación de revisores sin formación en equidad en salud; el tratamiento igualitario de todos los comentarios por parte de la revista, con independencia de su carácter racista; la exposición innecesaria de las coautoras māori y pasifika a esos comentarios; la obligación de responder a comentarios que ya habían señalado como racistas; y la remisión de esas respuestas a los mismos revisores, que generaron nuevos comentarios racistas. Las autorías propusieron medidas para mejorar la equidad en el proceso: incluir una coeditora o coeditor māori, desarrollar un código de prácticas contra el racismo y promover una revisión abierta y transparente. Finalmente, el artículo fue publicado en el NZMJ después de que uno de los autores insistiera. El proceso fue descrito como agotador, y sus autorías reconocieron haberse cuestionado si debían haber persistido.

Strauss et al. (2023) dan cuenta de mecanismos concretos de sesgo racial en el proceso de revisión editorial en el ámbito de la psicología. Entre otros aspectos, señalan los sesgos implícitos: actitudes y estereotipos inconscientes hacia miembros de grupos raciales que afectan significativamente qué investigaciones se publican. Estos pueden influir en quienes editan y revisan, incluso cuando apoyan la diversidad o creen estar siendo imparciales. Entre los efectos derivados, las autoras identifican la desvalorización de temas sobre raza y racismo, un mayor escrutinio y estándares más estrictos, la censura de perspectivas críticas y la preferencia por autores y revisores de grupos dominantes.

Una cuestión central que destacan, retomando estudios previos (Dupree & Kraus, 2022), es que «la existencia del racismo es la hipótesis nula» o, dicho de otro modo, el punto de partida que, por estar internalizado, forma parte invisible del proceso. Por ello, no es la existencia del racismo la que debe demostrarse, sino la presencia de equidad (De Los Reyes & Uddin, 2021). La eficacia de los sesgos racistas, especistas, capacitistas, sexistas es precisamente esa: forman parte de lo que se asume como aceptable, normal o necesario, invisibilizando y legitimando violencias.

 

Imagen: Mike Von (Unsplash)

Anatomía de una revisión

Vuelvo al caso con el que se abría este texto. La revista publicó finalmente el artículo. Pero los comentarios del dictamen desfavorable ofrecen un material que, leído a la luz de lo recorrido hasta aquí, permite profundizar en los mecanismos descritos y añadir otros matices. Para contextualizar, se mencionarán a continuación algunos aspectos del artículo que muestran los términos en que fue evaluado.

Un aspecto central, explicado al inicio del texto, es que éste se basaba en una investigación sustentada en una etnografía multilocalizada y un enfoque difractivo que buscaba entender cómo lo animal y lo humano se producen en relaciones y prácticas situadas en contextos muy distintos y geográficamente distantes (comunidades indígenas y refugios para animales). Sin adentrarnos en disquisiciones teóricas, decir que la perspectiva difractiva viene siendo desarrollada por teóricas feministas y de los nuevos materialismos (Haraway, 1997; Barad, 2007, 2014; Van der Tuin, 2014, 2016; Kaiser & Thiele, 2014). La propuesta es invitar a la conexión entre textos, eventos o fenómenos que son leídos unos a través de otros, destacando la indeterminación de lo que se analiza y reconociendo la implicación de la persona que investiga. Esta aproximación se distancia abiertamente del marco comparativo que la persona evaluadora solicitaba una y otra vez en sus comentarios.

La evaluación no solo ignoraba el enfoque difractivo y devaluaba a los ECA que constituían el marco teórico-metodológico, también recorría el texto señalando otras preguntas que podrían haberse hecho y otros enfoques que podrían haberse adoptado. Explícita o implícitamente, conscientemente o no, estaba pidiendo otra investigación, otras preguntas y otro marco adaptado a lo que la persona evaluadora consideraba adecuado desde sus propios parámetros —bastante cuestionables, por cierto, si los situamos no ya en los ECA, sino en los debates actuales de la antropología.

Por ejemplo, en varios comentarios solicitaba que se identificara qué personas eran indígenas, revelando la necesidad de categorías estables y fronteras claras entre lo indígena y lo no indígena. Justo algo que el marco teórico del texto problematizaba, ya que la investigación no era una etnografía sobre determinados grupos (Blaser, 2013). Por supuesto, las localizaciones y las personas participantes de la investigación requieren contextualización, pues, como el propio Blaser destaca, es problemático dar por sentado que todas las personas habitamos una modernidad abarcadora con una única realidad subyacente de la que emergen ciertas variaciones superficiales. Pero la identidad indígena, o cualquier otra, no es lo que necesariamente determina el modo en que sentimos o actuamos ante las numerosas experiencias vitales que vamos afrontando. El entramado es más complejo e indeterminado, y por eso no cabe en un análisis comparativo entre colectivos, ni menos aún, entre «dos culturas”. Y que como bien expresa Ana Cristina Ramírez Barreto (2023):

no existe, propiamente, una «cultura indígena»; como tampoco existe su opuesto, la «cultura occidental». Hay relaciones, interacciones, fuerzas actuando en procesos históricamente situados, siempre cargados de significaciones múltiples para quienes intervienen en ellos. Desde luego, ciertas situaciones de dominación se estructuran con más frecuencia que otras e instituyen los campos de acción que facilitan su continuidad; ciertos agentes padecen daños más sistemáticamente que otros. Los animales sin duda están entre estos últimos. (p. 22)

Precisamente, los animales y lo que les sucede eran un aspecto central del texto. Las tres escenas seleccionadas para el artículo presentaban recuerdos de experiencias infantiles en que, ante prácticas de matabilidad y comestibilidad de ciertos animales, emergían distintos sentimientos. El modo en que las personas adultas gestionaban las reacciones de las niñeces dejaba ver cómo se iba produciendo el consenso o el rechazo hacia esa norma social. Las narrativas mostraban maneras de percibir, asumir o rechazar la matabilidad del animal, que derivaban en procesos también diversos y cambiantes que se extendían a sus vidas adultas. Todo ello se presentaba en el texto haciendo explícitas las posiciones que yo misma ocupaba y los efectos que generaban. Cuando la persona evaluadora afirmaba que «todo es visitado por arriba sesgando las situaciones de acuerdo a la conveniencia del argumento que se intenta sostener», el problema quizás no residía tanto en lo analítico como en que el texto no eludía el lugar estructural de matabilidad que los animales no humanos han de ocupar en contextos diversos.

Si mirar de frente aquello que suele naturalizarse o quedar fuera de lo problematizable es «sesgar las situaciones», optar por no mirarlo, no verlo u omitirlo también lo es. Lo que decidimos ocultar o mostrar en un texto resultado de una investigación puede no ser intencional, pero no es neutral: no emerge en el vacío. El especismo como hipótesis nula —lo que Strauss et al. (2023) señalan para el racismo— es una norma internalizada que no necesita demostrarse porque constituye la base misma, no ya de la evaluación por pares ciegos, sino de todo el contexto social en que esta está imbricada.

El dictamen también presentaba un doble rasero significativo. Para los contextos que la persona revisora identificaba como «modernos» —los santuarios de animales y los centros de protección animal— no exigía rigor etnográfico; de hecho, sugería que esos espacios podían abordarse de manera «especulativa». Para las voces indígenas, en cambio, demandaba una «etnografía genuina», presencia prolongada y acopio exhaustivo de voces de la comunidad: mujeres, varones, personas ancianas y niñeces. Lo «moderno» podía problematizarse libremente; lo indígena debía documentarse hasta la exhaustividad y, en última instancia, protegerse de cualquier cuestionamiento, apelando a lo inconmensurable de los mundos indígenas y señalando ciertas preguntas como equivalentes a negar su existencia o incluso a «volver a decidir sobre su exterminio».

Aquí operaba un mecanismo que es importante mencionar: la legítima —e imprescindible— denuncia de la violencia colonial se instrumentalizaba para bloquear preguntas dirigidas no a los pueblos indígenas, sino al modo en que de forma más amplia (y nunca aislada) interpretamos el consentimiento que los animales estarían dando ante su propia muerte. El reconocimiento de lo colonial como sesgo interiorizado que nos acompaña y que ha de ser cuestionado es una condición necesaria para evitar instrumentalizaciones y lecturas estigmatizantes. El texto, de hecho, destacaba críticamente cómo ciertas prácticas indígenas han sido tergiversadas por las sociedades colonizadoras para producir una otredad «salvaje» a la que habría que «civilizar» —dominar, expoliar, aniquilar. Lo que no es aceptable es instrumentalizar esa crítica de modo que haga inviable hacer preguntas sobre prácticas de colectividades históricamente oprimidas. Esto sería otra forma de esencializar, romantizar, infantilizar o, paradójicamente, habilitar otras opresiones.

Como ha argumentado Claire Jean Kim (2015), «la afirmación y la crítica no son posiciones mutuamente excluyentes» (p. 182). Y es que un modo u otro, nos involucramos en relaciones que nos oprimen o dañan, y en las que dañamos u oprimimos, aun sin intencionalidad o desde lo que se asume como correcto. Cabe, por tanto, reconocer el grado de privilegio o poder que ostentamos, poner en marcha la autocrítica, la escucha activa, diálogos muchas veces incómodos y cuidados colectivos que nos permitan tratar de hacer mundos mejores para todes… Sí, también para les demás animales. Y no, no es tarea fácil.

Algunas reflexiones finales y abiertas

Distinguir la crítica legítima del sesgo especista es posible y necesario. La clave está en preguntarse si la evaluación cuestiona la calidad del trabajo —método, argumentación, coherencia— o si cuestiona la legitimidad misma de la perspectiva antiespecista como marco de producción de conocimiento. En la revisión que hemos analizado, se cuestionan las preguntas que orientan la investigación. Y es que preguntar cómo se produce la matabilidad animal y qué la sostiene incomoda porque nos interpela, incluyendo a personas que se reconocen en otras luchas por la justicia. La pregunta no va de señalar a nadie, sino de repensar nuestras bases: entender que el especismo asume y produce lo animal —con toda la diversidad de cuerpos que en esa categoría caben— como el lado deficiente de lo humano —con todas las violencias que ello habilita.

Imagen: nighthawstudio (unsplash)


Como hemos destacado, especismo, sexismo, racismo y otras formas de opresión son problemas sistémicos que van más allá de la academia, de los procesos editoriales y de las revisiones por pares. Pero, en lo que a estas últimas se refiere, ¿qué podría movilizar la escucha activa, el diálogo y relaciones más horizontales?
En conversaciones colectivas en nuestro grupo hemos hablado de la posibilidad de que, del mismo modo que la persona revisora adquiere un grado de poder para incidir sobre el texto, la persona autora pueda también evaluar la revisión recibida, señalando su grado de desacuerdo o su carácter problemático. No como mecanismo de represalia, sino como forma de visibilizar que algo no está funcionando. Algunas revistas ya incorporan elementos de revisión abierta que van en esta dirección, y quienes han podido acceder a ellos lo señalan como un avance significativo.

Pero la pregunta de fondo es estructural. En mi propia práctica, cuando recibo invitaciones para evaluar textos que abordan el bienestar animal en contextos de explotación —granjas, piscifactorías o similares— declino, porque tengo claro que mi marco antiespecista no es el que esas revistas buscan ni el que esos textos necesitan para ser evaluados en sus propios términos. Es una decisión de coherencia. El problema es que desde marcos bienestaristas o abiertamente explotadores no se hace ese mismo ejercicio de autolimitación cuando evalúan investigación antiespecista. El racismo o el sexismo, aun quedando mucho camino por recorrer, van siendo reconocidos como sesgos ilegítimos en muchos contextos académicos. Sin embargo, quienes encarnan el especismo no lo perciben como posicionamiento. La solución no puede ser solo individual —cada persona gestionando su coherencia como puede—, sino que requiere transformaciones profundas, incómodas y colectivas.

Otra cuestión latente es ¿en qué medida vale la pena pasar por el dispositivo de legitimación que constituyen las lógicas académicas? Mahadeo (2024) argumenta que la «sociología pública» —el intento de hacer la academia accesible— presupone que la academia tiene algo que ofrecer a las comunidades, perpetuando así su privilegio epistémico, y propone en su lugar una contra-sociología pública que rehúse cumplir con los protocolos estatales opresivos. Sin duda, publicar e intercambiar en espacios no académicos y en formatos diversos —blogs, redes sociales, prensa, podcasts, jornadas— es central, como lo es implicarse en distintos modos de participación y movilización. Y sí, participar en las lógicas académicas puede contribuir a perpetuarlas. Pero dado el enorme peso de validación y legitimación de saberes que tiene la academia, cabe valorar también la importancia de que voces disidentes o subalternas ocupen espacios en este ámbito. No hay una respuesta definitiva. Este texto, justamente, procurar reflexionar sobre lo que conlleva una trayectoria académica: transitar tiempos y espacios donde puede ser muy complejo sostener un equilibrio entre el acceso a publicaciones, a proyectos de investigación y a financiación, y los propios valores ético-políticos.

* La imagen de portada ha sido generada con DALL-e tomando como como referencia las numerosas fotografías de stock que muestran una estetización de la ganadería. En ellas se observan filas interminables de animales entre barrotes. Bajo una luz cálida, algún trabajador sonriente con bata impoluta y ademán técnico, supervisa la eficiencia del sistema explotador. En contraposición, la imagen generada presenta otra perspectiva: elimina el halo estético, luminoso e higienizado y pone el foco en las vacas siendo evaluadas por el rendimiento productivo que se obtendrá de sus cuerpos. 

Referencias

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